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viernes, noviembre 20

EL HÁBITO DE SEDA DE LA MONA MONJE

Oculistas germanos recomiendan hacer clic 
en el gráfico para ver con claridad los textos.


Vestir de acuerdo a la ocasión es todo un arte. Yo soy el típico baboso que llega vestido con caquis a los reventones metaleros y con camiseta rota al coctel de una casa de bolsa; uso colores estridentes en los velorios y riguroso negro en las clases de yoga. Podría parecer que la elección del vestuario es una decisión intrascendente, pero lo cierto es que en nuestra sociedad el hábito hace a la mona y más si se viste de seda.

Hace años cuando comenzaba a trabajar como creativo freelancer fui a una junta en la que los clientes iban a exponer sus necesidades para una campaña. Consciente de la importancia de la junta, me enfundé en mi único trajecito y me apersoné bañado y perfumado. Antes de que comenzara la reunión, entró a la sala de juntas un ejecutivo de una agencia de publicidad (que no sé qué demonios hacía ahí) y me preguntó quién era yo. "El creativo" respondí yo muy ufano. "Pareces un contador" me dijo él mirando mi trajecito gris y acto seguido aconsejó: "cuando entres a una junta asegúrate de que todos sepan nada más con verte que tú eres el creativo". A partir de entonces, lo que mis padres siempre criticaron como la máxima muestra de inmadurez: el cabello largo, el arete y la ropa vieja y rota, fueron los rasgos que definieron mi aspecto laboral.

Por más absurdo que parezca, el truco funciona: los clientes inmersos en su dinámica corporativa esperan que la gente que hace el trabajo creativo sea absolutamente diferente a ellos: que encarne su estereotipo del artista atormentado impredecible y genial que vive permanentemente pacheco en medio de una ola de inspiración esotérica, pero eso sí,  que siempre entrega el trabajo a tiempo y sin errores, como si fuera el más meticuloso contador.

Es paradójico e idiota, pero en el fondo no está mal: te ahorras una lana en trajes.

miércoles, mayo 13

IDEA PARA UN NUEVO SUPERHÉROE

El Osito, harto de ser considerado sólo un personaje tierno y amable, decidió cambiar. Se inscribió a un gimnasio, tomó clases de artes marciales, ingirió grandes cantidades de suplementos alimenticios y doró su rosada piel en las camas de bronceado.

Tras años de prepararse física y mentalmente, salió a las calles dispuesto a demostrarle al mundo de lo que es capaz un osito de peluche rosa y pachoncito.

No, olvídenlo. No funciona.

Oso







domingo, junio 15

NIÑOS HÉROES

¿Por qué los niños héroes?, se preguntarán, si aún falta mucho para esa importante fecha (que nadie conoce con precisión porque fuerzas hostiles y traidoras insisten en moverla cada año para causar confusión). La respuesta es sencilla y francamente intrascendente: el único tema de la historia de México que no me causa somnolencia es el de los Niños Héroes. No todos en realidad, sólo aquel (que también cambia de nombre cada año) que decidió arrojarse por el balcón para evitar que la bandera cayera en manos enemigas. Cuando escucho su historia siempre me surge la duda de si en algún momento (tal vez a tres metros del suelo) se dio cuenta de que su brinco no serviría de nada, ya que bastaba que alguno de los enemigos bajara al bosquecito (por las escaleras, que siempre son más fáciles) para que se hiciera de la bandera (aunque seguramente habría quedado tan embarrada de sangre y entrañas que no cualquiera se animaría). Pero a pesar de lo estéril de su acto (y de que en realidad los gringos lo que querían era el Castillo de Chapultepec y no la bandera) hay cierta involuntaria poesía en la imagen del joven cadete cayendo al vacío enredado en el lienzo tricolor (más de uno especula que este fue el origen de la capa de Superman y de otros héroes voladores).
El caso es que creo que los Niños Héroes son unos personajazos que no han sido suficientemente explotados, por lo que me propongo poner mi granito de arena para comenzar su reivindicación.