Mostrando las entradas con la etiqueta rosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta rosa. Mostrar todas las entradas

viernes, noviembre 20

EL HÁBITO DE SEDA DE LA MONA MONJE

Oculistas germanos recomiendan hacer clic 
en el gráfico para ver con claridad los textos.


Vestir de acuerdo a la ocasión es todo un arte. Yo soy el típico baboso que llega vestido con caquis a los reventones metaleros y con camiseta rota al coctel de una casa de bolsa; uso colores estridentes en los velorios y riguroso negro en las clases de yoga. Podría parecer que la elección del vestuario es una decisión intrascendente, pero lo cierto es que en nuestra sociedad el hábito hace a la mona y más si se viste de seda.

Hace años cuando comenzaba a trabajar como creativo freelancer fui a una junta en la que los clientes iban a exponer sus necesidades para una campaña. Consciente de la importancia de la junta, me enfundé en mi único trajecito y me apersoné bañado y perfumado. Antes de que comenzara la reunión, entró a la sala de juntas un ejecutivo de una agencia de publicidad (que no sé qué demonios hacía ahí) y me preguntó quién era yo. "El creativo" respondí yo muy ufano. "Pareces un contador" me dijo él mirando mi trajecito gris y acto seguido aconsejó: "cuando entres a una junta asegúrate de que todos sepan nada más con verte que tú eres el creativo". A partir de entonces, lo que mis padres siempre criticaron como la máxima muestra de inmadurez: el cabello largo, el arete y la ropa vieja y rota, fueron los rasgos que definieron mi aspecto laboral.

Por más absurdo que parezca, el truco funciona: los clientes inmersos en su dinámica corporativa esperan que la gente que hace el trabajo creativo sea absolutamente diferente a ellos: que encarne su estereotipo del artista atormentado impredecible y genial que vive permanentemente pacheco en medio de una ola de inspiración esotérica, pero eso sí,  que siempre entrega el trabajo a tiempo y sin errores, como si fuera el más meticuloso contador.

Es paradójico e idiota, pero en el fondo no está mal: te ahorras una lana en trajes.

sábado, agosto 15

ORIENTACIÓN PSICOLÓGICA

Era apenas mi segunda sesión. Ella me había dicho que tomara asiento en lo que terminaba de acomodar unos papeles.
–Vi tu blog –dijo sin voltear a verme.
–Ah –dije con humildad suponiendo que a continuación vendría un halago.
–Muy interesante –agregó ella.
–Oh, oh –pensé; cuando una psicóloga con doctorado en prestigiosa universidad alemana dice que algo es interesante, solamente puede implicar que hay un caso de psicopatología digno de estudio.
–Creo que hay muchas cosas ahí con las que podemos trabajar –ella continuaba apilando afanosamente sus documentos.
–Oh, oh –pensé de nuevo; cuando un psicólogo habla de "trabajar" algo, sólo puede significar años de un traumático y doloroso proceso de sanación de dolorosos traumas.
–¿Ah sí? ¿Cómo qué? –pregunté tratando de sonar lo más ecuánime posible. 
–Los conejos rosas, por ejemplo –respondió ella mirándome momentáneamente con una gran sonrisa–. Tu obsesión con los conejos rosas.
–Ja, eso –reí aliviado al recordar el reciente poust del retablo–. Hice un dibujo de un conejo rosa, pero no estoy obsesionado con ellos. También he dibujado dragones gays, vampiros extraterrestres y osos suicidas.
–Ah sí, los osos suicidas –recordó ella con cierta gravedad que me hizo pensar que estaba reservando ese tema para más adelante.
–Dibujar un conejo rosa no es estar obsesionado con ellos –insistí.
Ella tomó unas hojas de su escritorio y caminó hacia la salita donde se llevan a cabo las sesiones. Se sentó con fría calma y me extendió los papeles. Eran impresiones de algunos de mis pousts. Los siguientes para ser más preciso:

–Vaya –dije yo, sintiendo un angustioso boquete en el estómago–. No recordaba haber dibujado tantos…
–Tal vez haya más –contestó ella–. Estos son los que encontré echando un primer vistazo.
Sonreí forzadamente. Siempre he sabido que la frágil línea que divide la fantasía de la realidad algún día se desdibujará para mí y acabaré siendo uno más de los fantasmas que habitan el mundo imaginario que inventé para evadirme del real. Sólo que no creí que sería tan pronto. 
–Tal vez hice bien en buscar ayuda –dije acongojado.
–Claro que hiciste bien en pedir ayuda… –la psicóloga me miraba con una sonrisa rara y su voz era diferente.
Poco a poco, casi en cámara lenta y con la sonrisa congelada en el rostro, la mujer se fue inclinando hasta quedar acostada sobre el sillón. Detrás de ella, un conejo rosa me miraba con gesto inexpugnable. 
–…sólo que lo hiciste a la persona equivocada –continuó.
Asentí convencido. Me puse de pie, tomé las impresiones de mis dibujos y caminé hacia la puerta. Antes de salir de la habitación miré hacia atrás: un charco de color marrón se había formado bajo la cabeza de la psicoanalista y el conejo rosa había desaparecido. 
Algo me decía que no era la última vez que lo vería.