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domingo, marzo 8

NUESTROS QUERIDOS REFRANES

Se dice que los refranes son la más brillante expresión de la sabiduría popular. Algunos comentarios al respecto.

No existe tal cosa como la sabiduría popular; está la sabiduría personal, que es escasísima y sólo se encuentra en algunos hombres y mujeres (y en Mariano Osorio). Desafortunadamente todos viven en el Tibet (sí, también Mariano).

Lo que tenemos aquí es una monumental cantidad de imbéciles, que cuando se reúnen voluntaria o involuntariamente conforman lo que conocemos como sociedad mexicana. Ésta tiende a expresarse a su vez por diversos medios a cuyo conjunto denominamos la imbecilidad popular. A ésta, la gente suele llamarla sabiduría popular. ¿Por qué? Por imbéciles.

Los refranes son, por lo tanto, las muestras más tangibles de la imbecilidad popular. Algunas muestras:

Más pronto cae un hablador que un cojo. ¿Qué relación tiene la elocuencia verbal con la coordinación psicomotriz? ¿Por qué en las conferencias (en las que se habla mucho) nunca caen los oradores? ¿Por qué los futbolistas se caen tanto si la mayoría no sabe ni hablar?

A caballo regalado no se le ve el colmillo. ¿Será porque los caballos no tienen colmillos? ¿O será porque normalmente uno sólo se deshace de un caballo si está chimuelo? De todas maneras, ¿quién regala caballos?

Dime con quien andas y te diré quién eres. Sí, si andas con Angelina Jolie, seguramente eres Brad Pitt o por lo menos alguno de los bateadores emergentes, pero, ¿cómo saberlo respecto a los desconocidos? ¿Consultando el Feisbuq?

Otros ejemplos visuales:


Seguramente se preguntaron: “¿Quiénes serán los que aparecen en la foto que está robando el ladrón en la lámina anterior?”.
¡Adivinaron: Es una foto de mi familia!


Verán, mis padres siempre quisieron tener una niña y cuando nací yo, para superar el fiasco, me pusieron vestiditos por un tiempo en lo que se acostumbraban. Debo reconocer que cuando me los quitaron a los siete años, los extrañé. No por la inclinación travestí que me hizo tan popular en la preparatoria, sino porque me había acostumbrado al refrescante aire que entraba por abajo. A partir de entonces comencé a usar ropa interior. Créanme, no es lo mismo. Pero como bien dicen: “Aunque la mona se vista de seda…”.